Era ya la
medianoche,
el viento hacía de
las suyas,
turbaba árboles en
violento embiste.
Andaba en el paraje
oscuro,
junto al frondoso
río,
marcando mis pasos
en la sequedad de
las hierbas,
con las que se
arropaba algún vagabundo.
El ambiente era
animado,
grillos, ranas,
ronquidos,
conformaban aquel
terceto improvisado,
que en su
chapoteante escenario
les iluminaba la
luna creciente,
expectante del
espectáculo.
El viento seguía
zarandeando
a los árboles
desabrigados,
temerosa estaba de
que fueran derribados,
pues gritaba
enfurecida
¡inmundo viento,
deja en paz a estos
débiles sauces,
o teme la ira de mi
tormento!
El viento enmudeció
y se retiró,
era tal aquel
tormento mío,
mayor que esa
oscuridad,
mayor que ese
bramido.
Elena Martin (Jelenmista)
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