jueves, 23 de noviembre de 2017

El fin del mundo





Y los locos serán los únicos que rían


digan los cuerdos mandatos de cobardes

si cuando el fin del mundo llega,

a sus miedos solo podrán aferrarse.


Sí, el cielo se torna rojo óxido

y parece que las noticias se quedan sin oxígeno.


La lluvia ácida riega las malezas humanas y de la carne...


Sí, 

¡el fin del mundo ha llegado!


Los gobernantes prometen más que de costumbre

y la hambre habla por diplomacia,

los valores son para valientes

los cobardes decidieron irse pronto.


El tímido dice aquello que jamás quiso,

el que quiso, finalmente ama.


En estos minutos de caos se ordena

todo lo que pudo hacerse

y no se hizo,


lo que era prioridad es mero,

mero panfleto al aire.


Jelenmista


martes, 31 de octubre de 2017

Otro día de difuntos

Camino despacio. No soy como el resto de la escarcha, porque hay algo que a mi marcha, atrás, arrastra. La verja del cementerio, metrónomo improvisado, marca las pulsaciones para la medianoche. Me arrastro... no camino ya. Mi corazón me atiza para que corra, pero las zarzas merman mi voluntad. Las tumbas hundidas en el hielo emiten quejosas entre sus vanos una canción marinera de auxilio, barcos hundidos desde sus cruces, sus mástiles. Todo en orden esquelético, una zanja en la blancura no tenía dueño...

Cáscabeles de antaño, sonrisas y besos aciagos cada vez más cercanos a una mente deteriorada.

Está detrás de mí. El corazón no responde. Hacía tiempo que no respondía... Es el momento de volver a casa.

Me desencajo el cráneo, pliego mis fémures y tibias, espero a que den las doce para que la noche más oscura... de nuevo me arrope. Otro día de difuntos sin una nana que me acune, sin un beso que palpe mi fiebre, un abrazo que me acerque a la vida y olvide la muerte...


Esta eternidad no se la deseo a nadie.



Jelenmista

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Desahogo

No me importa que la lluvia moje

si eso calma mi sed,

inunde los bajos ánimos

y acaben bozando.


Cale en mis huesos

y me elimine la identidad,

sea una con la tormenta

y convierta mis cabellos

en traviesos rayos que huyan.


Mis pies floten en el aire

en los trozos de cielo

que se formen en el suelo,

liberación de las ataduras terrestres.


Todos los pesares se volverán etéreos...





Jelenmista

martes, 1 de agosto de 2017

Relato: Las palabras se las lleva el viento

 Las palabras se las lleva el viento. Las cenizas también. La joven Magdalena las veía flotar al son de la hojarasca, en aquel otoño tan calvo, tan doloroso, porque no solo se llevó aquellas hojas de otoño, también su alegría. Y así, la familia de la fallecida arrojaba las cenizas a lo largo del paraje natural, puro como el alma de la incinerada, mientras Magdalena sollozaba al ver su alegría esparcida. Luego, disimuladamente, aunque había ido en calidad de huésped al entierro, necesitaba realizar aquel acto egoísta por propia salud de su alma. Sin más, Magdalena bajó el terraplén furtivamente para captar una parte de la ceniza que había caído densa por ese lado del paraje. Tenía un pequeño pastillero vacío donde vio una acogedora urna para su alegría. Una vez ejecutado el improvisado plan, Magdalena subió de nuevo al mirador donde estaban los familiares para que no sospecharán del sacrilegio, ya que tal vez le hubieran dejado llevarse una porción, si ellos no hubieran acabado decidiendo que su alegría marchara íntegramente a la naturaleza. Finalizado el acto, todos se despidieron y Magdalena dio su pésame una vez más.

 Tras coger su cercanías de vuelta, asumía lo que había ocurrido hacía menos de una semana, como en menos de una semana su alegría estaba viva y continuaba sonriendo, diciéndole una y otra vez que se acordara de la fecha de su aniversario, que nunca se había acordado. Entre tanto, Magdalena la espero durante horas, la cena cada vez más fría. «¿Carmen dónde estás?». Las llamadas nunca llegaban. Magdalena enfadada se fue a dormir. La cena no se comió. Amaneció. Ahora si llegó una llamada. Carmen ha muerto. No se le había ocurrido que podía haberle pasado algo. Su enfado la cegó. La mesa quedó sin quitarse. Magdalena recordaba culpable el haberle exigido. Carmen tan mala cabeza tenía que no tenía regalo que darle a su compañera de longeva relación, saliendo apresurada a por uno. No volvió, su alegría no volvió, todo por su egoísmo, mismo egoísmo para quedarse con alguna parte de sus cenizas. Ahora Magdalena lloraba, ya no era solo culpa, ya no era la garganta seca de gritar, era agua con sal, eran lágrimas. «¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cerca de la tienda del barrio? ¡La tienda del barrio! Dios, se acordaba de lo que le dije hace meses...Carmen...». «Sin embargo fue atropellada porque cruzó como las locas, estaba muy agobiada no se sabe porque...». Aquellas palabras de la llamada, todo en su cabeza era una película reproducida en bucle. Magdalena había perdido su mayor regalo.

 Magdalena consiguió llegar a casa sin ya llorar demasiado. Nada más cruzar el umbral de la puerta depositó el pastillero en la entradita de casa, sobre un paño de limpiar las gafas para que estuviera lo menos brusco posible en la entradita. Seguidamente marchó a ducharse, una ducha fría y terca, a ver si le despellejaba la culpa de cada centímetro de su piel.

 Tras varios bufidos y puñetazos a los azulejos del baño, Magdalena estaba exhausta. Su intención era intentar dar una cabezada con el pastillero junto a su pecho, que a su despertar amaneciera en su pesadilla y estuviera ella acariciándole los cabellos con un "buenos días" sonoro, lleno de vitalidad, de vida. «Carmen...». Sin embargo, al despertar no la halló a ella ni al pastillero. Magdalena estaba confusa, haciendo un esfuerzo por incorporarse y reflexionar si había bebido antes de adormecerse, pero su único somnífero fue su abatimiento. No entendía, no tenía sentido. «Carmen...». La conciencia volvía a golpearle con fiereza. Furtiva emprendió la búsqueda del pastillero sin éxito. Llegó a pensar que tenían una mascota y se lo había llevado. Luego cayó en la cuenta de que no tenían. «¿La mente me estará jugando una mala pasada?». Magdalena se puso de rodillas y reclinó su cabeza en el suelo. Silencio. Esa casa nunca había sido así de silenciosa con Carmen haciendo sus ingenios, cantando por las mañanas después de los desayunos. «Carmen...».

 Al cabo de un tiempo indeterminado Magdalena notó un ligero toque en una de sus derrotadas manos. Ella elevó el rostro al vacío, el que presumía que había pero para su sorpresa no: estaba ella. Carmen estaba materializada en la estancia a través de sus cenizas.

 Magdalena no sabía si gritar, si correr, si llorar, o desmayarse para terminar con la experiencia paranormal que acontecía. Carmen alargó su mano ceniza hacia el rostro de Magdalena. Magdalena era un animal disecado, inmóvil, rígido, piedra. 

—Lo siento...No supe apreciar lo que tenía hasta que te perdí, siempre tan quisquillosa con mis manías. Perdóname por favor...Ojalá te hubiera querido más cada día...

Magdalena se desmoronaba, no se distinguía quien era más cadáver, si Carmen o ella, con sus ojeras y ojos hinchados. Carmen la calló con un dedo y le recogió la barbilla con la otra mano, le acercó su rostro, y susurró:

—Tú has sido mi alegría, tú eres parte de mi muerte, y no me importa que seas parte de ella, porque si tenía que morir ese día, en esa calle, prefería que fuera por alguien que amase. Tus imperfecciones, tus manías también eran parte de mi alegría. Quiero que descanses tu culpa para poder marcharme.

Magdalena la miraba con los ojos vidriosos, temblando, con la boca entreabierta.

—Pero si dejo de sentirme culpable te irás.

—Es el último favor que te pido, Magda.

Magdalena se aferra a la mano ceniza de su alegría, asiente la propuesta sin asimilarla, esboza una sonrisa y fija su mirada de nuevo, odiaba las despedidas.

—Desde luego, que mala cabeza tienes...No tienes remedio jajaja.

—Lo sé jajajaja.

 Carmen desvaneciéndose se ríe y el viento tempranero, las cenizas, se lleva.

Esa mañana Magdalena encontró el pastillero con una nota grisácea: «Feliz aniversario».



Jelenmista

viernes, 14 de julio de 2017

Reflexión sobre el creer

 ¿Qué es lo que, en lo más frío del ser, nos mantiene en vela? ¿Cómo no dormimos en la comodidad de desaparecer, sentarse frente una fuente durmiendo despiertos, sin esperar a que nada pase? Cuando los pájaros vuelan, en ese batir de sus alas, no tiemblan, saber que en ese segundo en el que cierran sus alas esperando batirlas de nuevo no temen al vacío, a la caída, precipitarse por culpa de ese instante sin retorno, sólo suelo. ¿Qué es ese pilar que motiva al ser humano seguir, a ese pájaro cerrar las alas por un instante, confiando en el viento? ¿Religión, ambición, objetos materiales, sentimientos, amor, amistad?, ¿el conocimiento?, ¿estar a salvo y confortable? Es difícil de determinar, al igual de arriesgado, pero me atrevería a decir que es el creer, ya sea en uno mismo, en un ente o en un bono de lotería de números tan exóticos que nos invite a dar por sentada nuestra victoria. 

 La muerte del ser humano, de ese pájaro que cierra sus alas dejándolas descansar en el aire es el no creer, no creer que se abrirán de nuevo para continuar, que se atracarán por alguna razón y caerá en picado. El creer es una fuerza ciega y potente en nosotros, da igual su naturaleza, mística o pragmática, es más, en nuestro día a día, cuando alguien nos pregunta una duda solemos responder con un “creo tal” o “ será creo”, sí, creemos en esa respuesta que hemos dado, la voluntad de pronunciar esa respuesta proviene de “creer” que es la correcta, y es por ello que nos basamos en el creer. La creencia en lo que sea es un acto de voluntad que proviene de cada individuo, que de sus adentros ha decidido depositar su confianza en lo ajeno al mismo.

 Porque una vez que se deja de creer... ¿qué haríamos entonces? ¿No confiar en más hipótesis fallidas? ¿No esforzarse en saber si verdaderamente lo que creíamos era cierto? ¿Dejar de batir las alas? No, después de dejar de creer no viene eso, viene creer y más creer.



Jelenmista


lunes, 26 de junio de 2017

Fin de la mariposa

El fin, mariposa perdida,

te posas tibia en mis yemas

preguntándome si algún día

hallarán senda.



Melancolía del alhelí

ulula el viento,

viajando estas alas

a aquella isla ignorada,

si tuviera frutos

en su montaña,

agraciada con ángeles de piedra,

selvas de esmeraldas,

negras, negras se tornan.


Allá donde te halles,

que tus rosas no te falten.


Ojalá el hombre aprendiera

el valor de las cosas insignificantes,

cobran significado al final,

cuando todo se destruye

gimen de lamento,

cuando las carantoñas eran todas 

para su ego y codicia,

derroche de intelecto insuficiente

para prevenir que él mismo se extermina.


Ahora no lloréis,

ahí, en el fin de la mariposa.


Jelenmista




miércoles, 7 de junio de 2017

Alas y sus instrucciones


Aquí estoy en medio del huracán
esperando la casa del mago de Oz,
a ver si me hace aterrizar.

Todos tenemos alas,
es cuestión tuya desplegarlas,
como golondrinas en alas de hoz
cortando en rodajas
el cielo sobre sí.

Las flores mustias
en la nocturnidad de la noche,
desperezándose en pétalos
el sol sobre ellas.

Miles de historias, un dueño.
Ya sé que no se les puede a los pájaros
decir que hacer,
pero por lo menos, sólo vuela.




Jelenmista





domingo, 21 de mayo de 2017

Elegía a Mike

Siguiendo mis andares iba,

cuando Destino abusaba de la vida de un poñuelo,

pobre se hallaba sin consuelo en el suelo.


Socorrido fue, pero con el sino fue,

salvación creí haber dado,

y al pobre pajarillo de nuevo había condenado...

pues lo hallé despeñado del tejado.


¡Vuela Mike, vuela!

En vida no pudiste volar de tu tormento,

por ello te llegó tu momento.


¡Vuela Mike, vuela!

Para mí tú siempre volarás en el cielo rojizo de mi corazón,

aunque la gravedad no me dé la razón.


¡Vuela Mike, vuela!

Pajarillo, ahora tus alas te llevan,


el viento, a ellas, anhelan.



Jelenmista

jueves, 20 de abril de 2017

Microrrelato: Coma etílico

Te observo. Te miro. Sigues sin girar la cara. ¿Por qué? No lo entiendo, hace un momento no parabas de sonreírme. ¿En qué instante me dotaste de esta invisibilidad? Avanzo unos pasos, mi vista cercada por laterales de neblina negra, el enfoque de mis ojos cambia desesperado, como la lente de esas cámaras esclavas de los paparazzis. Los demás tampoco me prestan atención. ¿Qué os pasa? ¿Me habéis olvidado sólo con ir a la barra? Enfurecida, no sólo mis amigos, todo el local ignora mi presencia. Extrañamente nadie está alegre, ni siquiera los ebrios, cuyos glóbulos rojos circulan haciendo eses. Todos a un punto fijo atienden, serios, otros lloriquean, amargos en aquel espacio circular que han formado. ¿Qué es el centro de esa circunferencia, tan imponente para no detectarme? Golpeo, pero los objetos y sujetos se han vuelto ágiles. Estoy harta, voy a ese lugar. Abrirme paso entre la muchedumbre es despejar cortinas, la gente era ligera y de palpable transparencia. Llego, bajo mi mirada. A aquella figura familiar desparramada por el suelo no le rodeaba sangre, sólo ron. Ese rostro liviano ahora, ojos petrificados rendidos a Medusa, esa vida sabor alcohol vomitada por la boca... diablos, era yo.  

Jelenmista


lunes, 10 de abril de 2017

Hoy

Hoy la luna no deja ser noche

se ha propuesto que sea día,

¡déjanos vivir en paz!


¿Por qué te empeñas?

Si la noche ha de llegar,

que al menos pueda ver las estrellas.


Jelenmista

lunes, 27 de marzo de 2017

Felicidad para valientes

Lo más sencillo es dejarse morir a lo Max Estrella,

rodar por el mármol frío

sin intentar siquiera encender

una triste vela en tus manos.


A todos nos gusta las carreteras rectas,

hasta que curvas nos apresan

algún peaje que nos dé coraje,

¿pero de qué sirve el Everest sin cima?


Los que empiezan en llano

terminan en cuesta,

los que viven la cuesta, al llano hacen burla,

pues

la tristeza es un voraz dragón

en nuestro castillo de naipes,

la felicidad, una hormiga fácil de ahogar

con una lágrima.


La felicidad es la inmortalidad de los valientes,

la energía que tiende a salir a empujones del cuerpo

y si no fuera por la fibra muscular pareceríamos soles;

a ese instante de saber que el coche funerario está delante

y seguir sonriendo pese a lo que depara.


La tristeza es la niña mal criada del alma,

necesitada de un tirón de orejas,

aunque es igual de necesaria,

sin ella no hubiéramos conocido la felicidad.



Jelenmista

jueves, 23 de febrero de 2017

Vida y Muerte


Vida y Muerte último aliento no anhelarán

la Vida no puede poseer la permanencia

que la Muerte tiene,

ni la Muerte la luz que ésta desprende.



Amor contrario, una principio, otra fin

en el cuerpo jadeoso

muro inquebrantable entre ambas,

hueso y espíritu son frontera

pero agua y aceite no se mezclan,

Vida y Muerte nunca se quisieron separar,

aunque el último beso

lo diera la última al pasar,

en cada recién nacido

se vuelven a enamorar.

Jelenmista




Simon Prades en Behance

domingo, 22 de enero de 2017

A veces hay que luchar

A veces hay que luchar por el sol,

está más lejos de lo que parece,


    y aún así, insiste en hacérnoslo
    
    creer,

    si es que es aquello insistencia

    en existir,
    
    decirnos al quemarnos,

    "Sigo aquí".


Me pregunto si cuando las almas
      
      alzan las velas,

darán señales en la Rosa de los vientos,

o

sólo queda,

a costumbre pena,

fotos sepia y tormento.


Jelenmista