Las palabras se las lleva el viento. Las cenizas también. La joven Magdalena las veía flotar al son de la hojarasca, en aquel otoño tan calvo, tan doloroso, porque no solo se llevó aquellas hojas de otoño, también su alegría. Y así, la familia de la fallecida arrojaba las cenizas a lo largo del paraje natural, puro como el alma de la incinerada, mientras Magdalena sollozaba al ver su alegría esparcida. Luego, disimuladamente, aunque había ido en calidad de huésped al entierro, necesitaba realizar aquel acto egoísta por propia salud de su alma. Sin más, Magdalena bajó el terraplén furtivamente para captar una parte de la ceniza que había caído densa por ese lado del paraje. Tenía un pequeño pastillero vacío donde vio una acogedora urna para su alegría. Una vez ejecutado el improvisado plan, Magdalena subió de nuevo al mirador donde estaban los familiares para que no sospecharán del sacrilegio, ya que tal vez le hubieran dejado llevarse una porción, si ellos no hubieran acabado decidiendo que su alegría marchara íntegramente a la naturaleza. Finalizado el acto, todos se despidieron y Magdalena dio su pésame una vez más.
Tras coger su cercanías de vuelta, asumía lo que había ocurrido hacía menos de una semana, como en menos de una semana su alegría estaba viva y continuaba sonriendo, diciéndole una y otra vez que se acordara de la fecha de su aniversario, que nunca se había acordado. Entre tanto, Magdalena la espero durante horas, la cena cada vez más fría. «¿Carmen dónde estás?». Las llamadas nunca llegaban. Magdalena enfadada se fue a dormir. La cena no se comió. Amaneció. Ahora si llegó una llamada. Carmen ha muerto. No se le había ocurrido que podía haberle pasado algo. Su enfado la cegó. La mesa quedó sin quitarse. Magdalena recordaba culpable el haberle exigido. Carmen tan mala cabeza tenía que no tenía regalo que darle a su compañera de longeva relación, saliendo apresurada a por uno. No volvió, su alegría no volvió, todo por su egoísmo, mismo egoísmo para quedarse con alguna parte de sus cenizas. Ahora Magdalena lloraba, ya no era solo culpa, ya no era la garganta seca de gritar, era agua con sal, eran lágrimas. «¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cerca de la tienda del barrio? ¡La tienda del barrio! Dios, se acordaba de lo que le dije hace meses...Carmen...». «Sin embargo fue atropellada porque cruzó como las locas, estaba muy agobiada no se sabe porque...». Aquellas palabras de la llamada, todo en su cabeza era una película reproducida en bucle. Magdalena había perdido su mayor regalo.
Magdalena consiguió llegar a casa sin ya llorar demasiado. Nada más cruzar el umbral de la puerta depositó el pastillero en la entradita de casa, sobre un paño de limpiar las gafas para que estuviera lo menos brusco posible en la entradita. Seguidamente marchó a ducharse, una ducha fría y terca, a ver si le despellejaba la culpa de cada centímetro de su piel.
Tras varios bufidos y puñetazos a los azulejos del baño, Magdalena estaba exhausta. Su intención era intentar dar una cabezada con el pastillero junto a su pecho, que a su despertar amaneciera en su pesadilla y estuviera ella acariciándole los cabellos con un "buenos días" sonoro, lleno de vitalidad, de vida. «Carmen...». Sin embargo, al despertar no la halló a ella ni al pastillero. Magdalena estaba confusa, haciendo un esfuerzo por incorporarse y reflexionar si había bebido antes de adormecerse, pero su único somnífero fue su abatimiento. No entendía, no tenía sentido. «Carmen...». La conciencia volvía a golpearle con fiereza. Furtiva emprendió la búsqueda del pastillero sin éxito. Llegó a pensar que tenían una mascota y se lo había llevado. Luego cayó en la cuenta de que no tenían. «¿La mente me estará jugando una mala pasada?». Magdalena se puso de rodillas y reclinó su cabeza en el suelo. Silencio. Esa casa nunca había sido así de silenciosa con Carmen haciendo sus ingenios, cantando por las mañanas después de los desayunos. «Carmen...».
Al cabo de un tiempo indeterminado Magdalena notó un ligero toque en una de sus derrotadas manos. Ella elevó el rostro al vacío, el que presumía que había pero para su sorpresa no: estaba ella. Carmen estaba materializada en la estancia a través de sus cenizas.
Magdalena no sabía si gritar, si correr, si llorar, o desmayarse para terminar con la experiencia paranormal que acontecía. Carmen alargó su mano ceniza hacia el rostro de Magdalena. Magdalena era un animal disecado, inmóvil, rígido, piedra.
—Lo siento...No supe apreciar lo que tenía hasta que te perdí, siempre tan quisquillosa con mis manías. Perdóname por favor...Ojalá te hubiera querido más cada día...
Magdalena se desmoronaba, no se distinguía quien era más cadáver, si Carmen o ella, con sus ojeras y ojos hinchados. Carmen la calló con un dedo y le recogió la barbilla con la otra mano, le acercó su rostro, y susurró:
—Tú has sido mi alegría, tú eres parte de mi muerte, y no me importa que seas parte de ella, porque si tenía que morir ese día, en esa calle, prefería que fuera por alguien que amase. Tus imperfecciones, tus manías también eran parte de mi alegría. Quiero que descanses tu culpa para poder marcharme.
Magdalena la miraba con los ojos vidriosos, temblando, con la boca entreabierta.
—Pero si dejo de sentirme culpable te irás.
—Es el último favor que te pido, Magda.
Magdalena se aferra a la mano ceniza de su alegría, asiente la propuesta sin asimilarla, esboza una sonrisa y fija su mirada de nuevo, odiaba las despedidas.
—Desde luego, que mala cabeza tienes...No tienes remedio jajaja.
—Lo sé jajajaja.
Carmen desvaneciéndose se ríe y el viento tempranero, las cenizas, se lleva.
Esa mañana Magdalena encontró el pastillero con una nota grisácea: «Feliz aniversario».
Jelenmista