Un
río puede ser un lugar hermoso, quizás, con más luz. No sé que me
separa de los demás cuando digo que al río nunca le llega la luz
del Sol. De noche, su oscuridad resalta sobre el resto. La Luna ni
quiere curiosear. Todos ven aquel río desembocar al mar; yo no. ¿Qué
me intentará decir? Algo me repele y me atrae de allí. Salgo de
casa, cruzo la aduana de luz. Desaparece todo. Mi cuerpo se
volatiliza, ¡quiero sentirme!. Tiro una piedra en intento de sentir
calor y...nada. Salgo corriendo, grito a todos los puntos cardinales,
nadie me oye, yo a ellos sí. Tras de mí noto un tacto frío,
desgarrando la piel transparente que me quedaba. Le miro los ojos,
dos huracanes blancos. Ríe y en su mueca llena de larvas, me enseña
mi cuerpo. Cada vez queda menos de mí. Mis intestinos delgados y
gruesos van de la mano al surco. Sí, era ella, la muerte con su capa
escarlata hecha de mi sangre. ¿Por qué me abrí la cabeza en el
río? ¿Por qué no seguí el presagio?
Jelenmista

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