Las
horas eran segundos
el
piano tenía directora
y
esa era la melodía
melodía que
manos
ávidas dirigían
acariciando
cada tecla
cada
inocente tímpano
que
se atrevía a oír.
La
música era hipnosis
sin
péndulo, sólo música
ignoraba
todo lo exterior
ahora
mis pupilas,
eran
cada tecla
de
aquel piano
mis
pensamientos,
esas
notas
cambiantes
como ellos.
Escapé
de mi cuerpo
palabra
que se cruzara
no
se entendía
todo,
todos permanecían
en
un lugar lejano
los
brincos de la infancia
inocentes
y seguros,
para
luego cruzarnos
una
escena
más
oscura
ahora
estaba en un funeral
dándole
el pésame a Chopin.
Al
compás frío
esperaban
el final
del
embrujo de esas manos,
teclas,
piano,
mis
oídos presos,
niños de Hamelín.

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