Tus
manos teclean la madera
como aquellas computadoras eternas,
como aquellas computadoras eternas,
intentando
yo descifrar el morse de tus yemas,
al
otro lado de esta mesa que,
sin
ser presidencial parecía
una
frontera de alambres y barreras.
Dos
tablones de madera estaban
entre
nuestra conformidad y disputa,
horizontales,
tú
te mostrabas al fondo
con
la furia de un sol de mediodía,
y
el ocaso de un sol cansado de estar en el cielo.
Los
rencores rajan la garganta,
como
esos licores que dicen relajar las penas,
cuando
quizá hacer la paz deba ser la única destilada.
Nos
empeñamos en echar de menos,
pero
se nos olvida echarnos de más.
Mientras
en una ciudad aún dormida,
las
montañas se esconden en las nubes de madrugada,
junto a los nombres que callan, y el eco despierta.
No
te conviertas en la serpiente
que
cierra el paraíso confiado.
Jelenmista