Camino
despacio. No soy como el resto de la escarcha, porque hay algo que a
mi marcha, atrás, arrastra. La verja del cementerio, metrónomo
improvisado, marca las pulsaciones para la medianoche. Me arrastro...
no camino ya. Mi corazón me atiza para que corra, pero las zarzas
merman mi voluntad. Las tumbas hundidas en el hielo emiten quejosas entre sus
vanos una canción marinera de auxilio, barcos hundidos desde sus
cruces, sus mástiles. Todo en orden esquelético, una zanja en la
blancura no tenía dueño...
Cáscabeles
de antaño, sonrisas y besos aciagos cada vez más cercanos a una
mente deteriorada.
Está
detrás de mí. El corazón no responde. Hacía tiempo que no
respondía... Es el momento de volver a casa.
Me
desencajo el cráneo, pliego mis fémures y tibias, espero a que den
las doce para que la noche más oscura... de nuevo me arrope. Otro
día de difuntos sin una nana que me acune, sin un beso que palpe mi
fiebre, un abrazo que me acerque a la vida y olvide la muerte...
Esta
eternidad no se la deseo a nadie.
Jelenmista
